Desde que irrumpió con fuerza en el primer equipo del Barcelona, Lionel Messi nunca había podido explotar con semejante ímpetu como lo hizo en esta temporada, siendo el líder del ataque y el gran goleador del equipo. Siempre demostró sus increíbles condiciones para usar la pelota, pero aparecía, cada año, una piedra en el camino que le impedía romper las máximas barreras, dar su completo talento. Las lesiones decían presente para ponerle un freno en sus momentos clímax, para aguarle parte del año y hasta golpearlo emocionalmente. Hasta se llegó a decir que se debían al tratamiento hormonal que llevó adelante cuando era niño, algo que después se encargo de negar totalmente su padre Jorge.

En esta temporada, no hubo ninguna lesión de gravedad que entrara en escena para mermar su rendimiento o para tenerlo semanas alejado de las canchas. Pudo soportar todo el año, descansando pocos encuentros y hasta con la carga de la Selección Argentina y los Juegos Olímpicos, antes del arranque de la campaña. No se perdió ningún choque trascendental, estuvo en cada momento decisivo del Barcelona y no falló. Esta vez sí pudo estar en la final de la Champions League, no como en la anterior conquista, cuando el poco ritmo que traía encima hizo que Rijkaard lo dejara en el banco y hasta jugó poco en el Mundial 2006.  Ningún factor externo pudo eclipsarlo y, en consecuencia, ofreció su fútbol más excelso.

“Llevaba dos años seguidos lesionándome, estando muchos partidos fuera del equipo, dos o tres meses sin jugar en una temporada, algo parecido en la otra… Ahora poder jugarlo todo es lo mejor que hay. No hice nada diferente. Lo que sí que ha cambiado es que este año, al contrario que otras campañas, es que hice una buena pretemporada”, cuenta feliz Messi sobre el tema. Que no vuelvan nunca más.

Un repaso de las lesiones que La Pulga había padecido anteriormente:

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